jueves, 29 de septiembre de 2011

"Shaytan Se ha convertido en un compañero para los hijos de Adam (as)".


Sultan ul Awliya
Grand Shaykh Muhammad Nazim ar Rabbani. 
Sohbet 11/9/2011. Lefke, Chipre.

Shaytan se ha convertido en un compañero para los hijos de Adam (as), se ha convertido en un compañero para los seres humanos, paso a paso. ¿Para qué? Así Adam (as) puede caer de Haqq, y (puede) capturar a todos los seres humanos en su trampa. Shaytan ha tomado algunas medidas para corromperlos y que caigan en ellas, (tanto) Adam (as) (como) sus hijos (la humanidad).

El número de malas acciones es de 800. Hay 800 acciones prohibidas, 500 fueron reveladas por el Profeta (saw). Las malas acciones traídas por shaytan son 800, (y) hacen que sea difícil para los seres humanos el contenerse a sí mismos. Tienen que prestar atención, protegerse a sí mismos de caer en su trampa. Toda acción prohibida es una trampa preparada por shaytan de modo que los seres humanos puedan caer. Y por eso Allah (swt) nos advirtió acerca de las trampas de shaytan y los trucos de shaytan. Él (swt) adviritió: "La tattabi'u jutuwatish shaytan" (24:21) ¡Verso santo, correcto!

La gente ahora piensa incluso que nuestro Señor dijo, "no sigáis los pasos de shaytan" (24:21), la gente está haciendo lo contrario. Los seres humanos están siguiendo paso a paso el (camino) de shaytan, como si esos fueran los mejores pasos para nuestra vida en este mundo, (el) poner orden en nuestras situaciones mediante seguir los pasos de shaytan. Como si esto fuera lo mejor para nosotros. ¿Cómo (puede) ser mejor para nosotros? Se debe a que los pasos de shaytan están de acuerdo con los caprichos de nuestros egos. Esto es una gran maldición, quiera Allah mantenernos a salvo de ella.

Y los seres humanos, especialmente ahora, están lejos de la época del Profeta (saw), la época de los compañeros del Profeta (saw), la época de los seguidores de los compañeros, la época de los seguidores de los seguidores de los compañeros. Ahora hemos pasado el tiempo de los honrados, y estamos en el tiempo de los demonios.

Todo lo que hacen en nuestro tiempo actual está de acuerdo con shaytan, y en contra de las órdenes de Al Haqq. ¿Qué podéis esperar? ¿Qué pueden esperar (los) seres humanos ahora? Han entrado en el campo de la corrupción, el campo de la opresión, el campo de la ignorancia. La fuente de la corrupción. En la medida en que estéis caminando en el campo de la corrupción, (éste) siempre os va a dar algo que nunca os va a gustar.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

"Los sufis de Al-Andalus". Ibn Arabi. (2)


AD-DURRAT AL-FÂKHIRAH

Pasó cuarenta años en lugares desiertos y otros cuarenta en Sevilla.
Fui a verle un día mientras hacía la ablución (wudû). Al efectuar este rito, la vergüenza y el temor le hacían cambiar de color. Cuando le preguntaban la razón, respondía: “¿Como podría ser de otro modo para quien se prepara para conversar con Allah, cargado de dunub (errores, equivocaciones)?”. Realizaba sus abluciones meticulosamente, lavando tres veces cada parte del cuerpo al pronunciar el nombre de AllAh.
Cuando terminó, levantó la cabeza y me vio delante. Estaba sentado en un banco y se preparaba para secarse; me hizo señas para que me acercara. En aquella época, empezaba a seguir el Camino y había recibido algunas exhortaciones de naturaleza espiritual que no había confiado a nadie. “Oh, hijo mío”, me dijo, “cuando hayas probado la miel, deja el vinagre. Allah te ha abierto el Camino, es preciso que permanezcas en él con firmeza. ¿Cuántas hermanas tienes?”. Le informé de que tenía dos hermanas. “¿Están casadas ya?”. Le respondí que todavía no lo estaban, pero que la mayor estaba prometida al Emir Abû al-’Alâ b, Ghazûn. “Hijo mío, debes saber que ese matrimonio no se celebrará, pues tu padre y el hombre de quien hablas van a morir y te vas a quedar solo para hacerte cargo de tu madre y de tus hermanas. Tu familia querrá persuadirte de que regreses al mundo para que cuides de ellas. No hagas lo que van a pedirte y no tengas en cuenta sus palabras, pero recítales este versículo:
“Ordena a tu familia que rece y tú mismo persevera en el salat. No te pedimos que satisfagas nuestros medios de subsistencia. Nosotros proveeremos y el final dichoso es para aquellos que temen a Allah”. No hagas nada más, pues Allah te ha preparado una senda de entrega. Si les haces caso, serás abandonado en este mundo y en el Otro, dejado a tu suerte”.
Antes de terminar el año, el Emir murió sin haber podido efectuar su matrimonio con mi hermana. Mi padre murió seis años después. El shaykh también murió. Llegó el momento en que mi familia vino a buscarme y me reprocharon que no satisfaciera las necesidades de mis hermanas. Después vino a verme mi primo y, con mucha deferencia, me suplicó que regresara al mundo por el bien de mi familia. Por toda respuesta, le recité estos versículos que había compuesto bajo la inspiración del momento:
Ellos me invitaron a alejarme de la Senda de Allah. Yo respondí: ¿Cómo podría abandonar la Senda cuando el Amigo ha dicho:
Excepto el sol naciente de la Realidad, ¿qué hay sino la sombría noche del error? Así que no puedo hacer lo que me pedís.
 El Emir de los Creyentes deseaba, no obstante, que entrara a su servicio. A este fin, envió al antiguo Jefe de justicia Ya’qûb Abû al-Qâsim b. Taqî. Le había dicho al juez que se encontrara conmigo a solas y que no intentara obligarme si rechazaba su proposición. Cuando vino a hacerme esta oferta, la rechacé; las palabras del shaykh resonaban todavía en mis oídos. A continuación conocí al Príncipe y se interesó por mis dos hermanas que necesitaban protección. Cuando le puse al corriente de su situación, me propuso buscarles maridos apropiados, y le respondí que yo mismo me encargaría. “No seas tan expeditivo, me dijo, tengo obligaciones para con ellas”. Entonces llamó a su guardia y le ordenó, con insistencia, que le informara de mi respuesta tanto de día como de noche. Poco después de dejar al Príncipe, me envió un mensajero para renovar su ofrecimiento relativo a mis dos hermanas. Le di las gracias al mensajero y partí casi de inmediato para Fez con mi familia y con un primo paterno. Unos días después, el Califa pidió noticias mías a Abû al-Qasîm b. Nadîr. Le informó que había salido para Fez con mi familia. Al enterarse de ello, el Califa exclamó: “Gloria a Allah!” Una vez establecido en Fez, casé a mis dos hermanas y de ese modo me libré de su carga. Después de eso sentí de nuevo la influencia del shaykh y me encaminé hacia La Meca. Es uno de los ejemplos de sus gracias espirituales.
A su muerte, lavamos su cuerpo durante la noche, en secreto y lo llevamos a hombros hasta su tumba, donde lo dejamos. Por la mañana, la noticia de su muerte se había difundido por toda la ciudad. Poco después, no quedó nadie con el Príncipe de los Creyentes, salvo su guardia.
Cuando preguntó lo que ocurría, se le anunció la muerte del shaykh y lo que nosotros habíamos hecho; entonces comprendió el comportamiento de sus hombres. El Príncipe salió para asistir a los funerales, pero la gente no le prestó ninguna atención dado que los miraba con desprecio.
Nunca decía "yo" y nunca le oí pronunciar esa palabra. Venía frecuentemente a nuestra casa para ver a uno de mis tíos, durante mi período de ignorancia, es decir, antes de que yo entrara en el Camino.

(Respecto al matrimonio, la versión de la Durrah es algo distinta).
Habíamos buscado a una mujer para dársela en matrimonio con la intención de resolver el asunto. Sucedió que caí enfermo y, cuando vino a visitarme, le presenté mi proyecto. "Hermano, me dijo, ya me he casado y el jueves entraré en mi casa nupcial". Era sábado. Se marchó. Poco después, Umm az-Zahra, una mujer que estaba en el Camino de Alláh, vino a verme y le puse al corriente del asunto. Cuando me dejó, se dirigió a su casa y se enteró de que, casi nada más dejarme, se había puesto enfermo. Cuando ella le habló de matrimonio, el respondió: "Oh Fatimah, dentro de cinco días, entraré en mi cámara nupcial, como le dije a mi hermano Ibn 'Arabi", Ella le preguntó: "¿Con quién vas a casarte y cómo es posible que tengas un secreto con nosotros?". A lo que él respondió. "Hermana, el jueves lo sabrás". Y el jueves se murió, fue enterrado y entró en el Cielo la noche del viernes, in shla 'Allah, como un recién casado.
Fui compañero de ese shaykh durante cerca de trece años.

  [9]  Esad Ef. 1777, f. 80 b.
10 La pureza espiritual es indispensable para efectuar el rito de la oración.
11 El Corán, XX, 132.
12 Este debe ser Abû Ya’qûb, Yûsuf, el Almohade, que reinó de 1163 a 1184.


CÂLIH AL-'ADAWÎ

Este hombre era un cognoscente por Allah (‘ârif bi llâh), dedicándole a El todo lo que hacía, y recitando el Corán en todos los momentos del día y de la noche. Nunca tuvo casa propia y no se preocupaba en absoluto de su salud; era de esos que pretenden alcanzar la estación de los setenta mil que entrarán en el Paraíso sin sufrir la Rendición de Cuentas (al-hisâb)[1].
No hablaba con nadie y no asistía a ninguna reunión. A veces venían a decirle que el sol se ocultaba en el cielo, mientras él estaba todavía en la primera rakat del salat de la mañana[2]. Cuando se preparaba para el salat los días de frío intenso, se quitaba la ropa, conservando solamente una camisa y los pantalones; y, a pesar de ello, sudaba como si se encontrara en las termas. Al hacer sus ibadas (practica), lanzaba gemidos y mascullaba de tal forma que nadie podía comprender lo que decía.
Nunca dejaba nada para el día siguiente y no aceptaba nada que excediera lo justo y necesario, tanto si era para él como para los demás. Pasaba la noche en la mezquita de Abú ‘Amir ar-Rutundalî, el recitador del Corán[3]. Fui discípulo suyo durante varios años, en ellos me dirigió tan pocas veces la palabra que casi podría contar sus palabras. Un año, desapareció de Sevilla con motivo de la Fiesta del Sacrificio[4] Cierto jurista, hombre digno de fe, me indicó después que el shaykh había estado presente en la concentración de ‘Arafât[5] y que lo había sabido por alguien que lo había visto allí[6].
Mantenía una relación especial con nosotros y con frecuencia nos dirigía sus meditaciones, de lo cual obtuvimos un gran beneficio espiritual. Por lo que a mí respecta, me anunció muchas cosas que, más tarde, resultaron totalmente justas.
Fue Abû ‘Alî ash-Shakkâz[7] quien le cuidó durante su enfermedad. Posteriormente vivió cuarenta años en Sevilla, donde murió. Nosotros mismos lavamos su cuerpo durante la noche y lo llevamos a hombros hasta su tumba, donde le dejamos para que la gente rogara por él y lo enterrara. Nunca jamás encontré a alguien parecido.
Su condición (hâlah) era semejante a la de Uways al Qaranî[8].
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[1] Budhârî K. ar-Riqâq, b. 50.
[2] Se trata de la –alât ad-duhâ, oración superrogatoria que se hace a media mañana.
[3] Cf. Ibn Abbâr Takmilah, ed. Codera, pág. 527
[4] Esta fiesta musulmana, que conmemora el sacrificio de Abraham, se celebra el décimo día del mes de Dhû-l-Hijjah, mes de la peregrinación. Se llama ‘Ayd al-Adhâ, la Fiesta del Sacrificio, o ‘Ayd al-Kabîr, la Gran Fiesta.
[5] Uno de los ritos de la peregrinación.
[6] Evidentemente. Calih al-’Adawî no se había dirigido a La Meca de la misma forma que los demás peregrinos... Ibn ‘Ajibah relata una anécdota semejante: “Sîdî al-Husayn aI-Hajjûji formaba parte de las “gentes de paso” (ahl al-khutwah). Todos los años estaba presente con los peregrinos del Monte ‘Arafát, adonde se dirigía de una forma extraordinaria, reduciendo las distancias” (J. L. Michon, L’Autobiographie... op. cit. pág. 34).
[7] Cf. infra, pág. 71
[8] Uways al-Qaranî vivió en la época del Profeta, peso nunca le vio. A pesar de ello, el Profeta le conocía y le dió su descripción a ‘Umar y a ‘Alî y les suplicó que fueran a transmitirle sus saludos (y a pedirle que intercediera por su comunidad; también ordenó que le devolvieran su abrigo). Después de la muerte del Profeta, se pusieron a buscarlo y le pidieron su bendición; él les aconsejó que estuvieran preparados para el Día de la Resurrección. Murió combatiendo por ‘Alî en la batalla de Ciffm, en 37 H. (lo cual hace decir a Corbin, fiel a su manía “asimiladora”, que fue un mártir del shiismo. Sobre este santo totalmente excepcional, podemos remitimos al Mémorial des Saints de ‘Attâr (1976, pág. 27-37) y será fácil comprobar una gran similitud de carácter espiritual entre estos dos awliyâ’. La observación final de Ibn ‘Arabî debe indicar también la pertenencia de Calih al-’Adawî al tipo espiritual de los Ywaysîs; ver al respecto Jâmi, La Vie des Soufis, (1977, pág. 77-9) y, con reservas, H. Corbin, L’Imagination créatice dans le Soufisme de Ibn ‘Arabí, 1958, pág. 27.


ABÛ AI-HAJJÂJ Y’ÛSUF ASH-SHUBARBULÎ

Era originario de Shubarbul, pueblo del Aljarafe, aproximadamente a dos paransangas de Sevilla. Pasó gran parte de su vida en lugares desiertos. Era compañero de Abû ‘Abdallâh b. al-Mujâhid y se ganaba la vida trabajando con sus propias manos. Entró en el Camino antes de haber alcanzado la pubertad y lo siguió hasta su muerte. Ibn al-Mujâhid, el maestro de nuestro Camino en este país, sentía por él mucho respeto y, cuando venía a verle, acostumbraba a decir: “Pedid a Abú al-Hajjâj ash Shubarbulî que ruegue por vosotros”. Es el propio Abú al Hajjâj el que me lo ha contado.
Me contó también que visitaba a Ibn al-Mujâhid todos los viernes y que una vez lo encontró delante de una pared de su casa que se había caído y que estaba arreglando para poner a su familia a cubierto. “Después de haberme saludado, Ibn al-Mujâhid me dijo: ‘Abû al-Flajjâj, hoy es jueves, has venido en un día desacostumbrado’. Yo le contesté que estábamos a viernes. Y al oírlo, I al-Mujâhid golpeó con sus manos y exclamó: ‘Pobre de mí! Y todo eso porque tenía ese trabajo que hacer. ¿Qué habría ocurrido si hubiera tenido más?’. Se lamentó y lloró, sintiendo el tiempo que había perdido Al contármelo, el propio Abû al-Hajjâj también lloraba; luego añadió: “Así es como se afligen los nuestros, siempre que han perdido la felicidad de la presencia de Allah”.
Aunque Abû al-Hajjâj era, sin duda, el más eminente de nosotros, continuó alimentándose del trabajo de sus manos hasta que se volvió demasiado débil y tuvo que contar con los donativos piadosos. Cuando se volvió viejo y demasiado débil para desplazarse, lloraba y me decía: “Hijo mío, Allah me ha concedido el favor de recibir muchas visitas a casa, pero de esta forma El me expone a la tentación; pues, ¿Quién soy yo para creerme digno de todo eso? Ojalá tuviera buena salud, preferiría con mucho visitar a la gente en sus casas mejor que recibirlos”.
Era realmente una misericordia para el mundo. Cuando las gentes del Sultán venían a verlo, me decía: “Hijo mío, estos hombres son los ayudantes de la verdad (al haqq) ocupados en los asuntos del mundo; Allah pide que se ruegue mucho por ellos para que El conceda la verdad (al-haqq) a sus actos y los ayude”. El Sultán tenía muchas deferencias con él.
Fuera cual fuera la cantidad de personas que vinieran a visitarlo, él les ofrecía toda la comida que poseía, sin apartar nada para él. Un día, delante de unos señores, me
dijo: “Hijo mío, tráeme la cesta”. Se la llevé, pero no encontré nada en ella más que un puñado de garbanzos; los puse delante de ellos y se los comieron.
Fuí testigo de numerosas pruebas de su gracia espiritual; era de esos que pueden caminar sobre las aguas.
Había un pozo en su jardín, de donde sacaba el agua para las abluciones. Habíamos observado que, al lado del pozo, había un gran olivo cubierto de hojas y de frutos, con el tronco fuerte. Uno de nosotros le preguntó por qué había plantado un olivo en aquel lugar, pues dificultaba el acceso al pozo. Levantó la cabeza hacia nosotros, pues la edad había curvado su espalda, y dijo: “Me he criado en esta casa y, por Allah!, os aseguro que nunca había notado ese olivo hasta hoy”. Tal era la intensidad de la ocupación de su corazón.
Siempre que uno de nosotros entraba en su casa, le encontraba leyendo el Corán. No leyó otro libro hasta su muerte.
Este shaykh tenía una gata negra que dormía sobre sus rodillas y que nadie podía coger o acariciar. Una vez me contó que la gata podía reconocer a los Amigos de Allah (awliyá, los querido por Allah ) y me explicó que esa actitud huidiza no era natural en ella, pues Allah la volvía muy afectuosa con los Amigos de Allah. Yo mismo la vi frotar su cara contra las piernas de algunos visitantes y huir de otros. El día en que nuestro shaykh Abú Ja’far al-’Uryanî fue a verle por primera vez, la gata estaba en la otra habitación. Antes de que se sentara, entró y le miró; entonces dio un salto, echó sus patas alrededor de su cuello y frotó su cabeza contra su barba. Abû al-Hajjûj se levantó para recibirlo y le hizo sentarse, pero no dijo nada. Después me confesó que nunca había visto la gata comportarse de aquella manera y que había continuado así mientras duró la visita.
Un día que yo estaba con el shaykh en una sesión, un hombre vino a verle; padecía un dolor de ojos tan fuerte que chillaba como una mujer de parto. Había gritado tanto al entrar que había molestado a las personas presentes; el propio shaykh palideció y se puso a temblar. Levantando entonces su mano bendita, la puso sobre los ojos y el dolor cesó. El hombre quedó tendido en el suelo, como muerto. Finalmente, se levantó y abandonó la casa con los demás, completamente curado.
Este shaykh siempre estaba acompañado por un jinn virtuoso y creyente.Un día, le visité con nuestro shaykh Abû Muhammad al-Mawrûrî y le dije: “Oh, Sîdî! este es uno de los compañeros de Abû Madyan”. Entonces sonrió y dijo: “Qué maravilla! También ayer, Abû Madyan estuvo en mi casa. Qué excelente shaykh!”. Hay que decir que en aquella época, Abû Madyan vivía en Bougie, aproximadamente a cuarenta y cinco días de camino. Así que la visita de Abûu Madyan a Abû al-Hajjâj se había producido de forma sutil; a mí me solía ocurrir lo mismo con Abû Ya’qûb. Abú Madyan, por otra parte, hacía mucho que había dejado de viajar.
Hay muchas cosas que recuerdo y que no puedo relatar aquí, cosa que también ocurre con los demás. Solamente he escrito sobre ellos para demostrar que mi época no estaba desprovista de hombres de espiritualidad (rijâl).

"Los sufis de Al-Andalus". Ibn Arabi.


ABÚ JA'FAR AL-'URYANÎ (1)

El primer sufí que encontré por el Camino de Allah fue Abû Ja’far Ahmad al-’Uryanî. Este maestro vino a Sevilla cuando yo empezaba a adquirir el conocimiento de este noble Camino. Fui el primero en acercarme a él; al entrar en su casa, hallé a alguien dedicado a la invocación (dhikr) .Me presenté y supo de inmediato la necesidad espiritual que me había conducido hasta él.
Entonces me preguntó: “¿Estás firmemente decidido a seguir el Camino de Allah?” Y yo le respondí: “El siervo puede tomar la decisión, pero es Allah quien decide”. A continuación me dijo: “Cierra tu puerta, rompe tus lazos, toma al Generoso como compañero (al-Wahhâb), El te hablará con claridad”. No cejé en mi empeño hasta que obtuve la Apertura.
Aunque este hombre del campo era iletrado y no sabía ni escribir ni contar, bastaba con escuchar sus enseñanzas sobre el conocimiento de la Unidad (at-tawhîd) para apreciar su nivel espiritual. Dominaba los pensamientos (al-khawâtir) con su energía espiritual (him mah) y podía superar los obstáculos de la existencia con las palabras. Se le veía invocar en estado de pureza ritual, vuelto hacia la quiblah y casi siempre en ayunas.
Un día, los cristianos le hicieron prisionero. Como sabía lo que iba a suceder, incluso antes de salir, había advertido consecuentemente a los miembros de la caravana en la que viajaba de que serían apresados todos al día siguiente. Por la mañana, como había previsto, el enemigo les tendió una emboscada y los apresó. Con todo, tuvieron mucha consideración con el shaykh y pusieron a su disposición un alojamiento cómodo y servidores. Poco después, consiguió que lo liberaran a cambio de la suma de quinientos dinares y se puso en camino hacia nuestro país.
A su llegada, le propusieron que recolectara el rescate entre dos o tres personas. Y replicó: “No, me gustaría recibirlo de todas las personas posibles. Si pudiera, lo obtendría de cada uno en pequeñas sumas, pues Allah me ha hecho saber que, en cada alma que ha de ser pesada en la Balanza el Día del Juicio, hay algo que merece salvarse del Fuego. De esta forma, obtendría el bien de cada uno para la comunidad de Muhammad”.

Cuentan que, estando todavía en Sevilla, alguien fue a informarle de que la gente de la fortaleza de Kutâmah necesitaba lluvia. Aunque la fortaleza estaba separada de nosotros por el mar y por un viaje de ocho días a través del país, se puso en camino con uno de sus discípulos llamado Muhammad. Antes de su salida, le sugirieron que pidiera he hiciera Du´a  por ellos sin emprender el viaje, pero contestó que Allah le había ordenado que se dirigiera a ellos en persona. Cuando llegaron, no les dejaron entrar. Sin embargo, incluso ignorado, realizo el istisqâ y Allah les envió la lluvia poco después. A su regreso, vino a vernos antes de entrar en la ciudad. Su discípulo Muhammad nos contó más tarde que, cuando Allah envió la lluvia, ésta cayó alrededor de ellos, pero que ni una gota les había tocado. Al expresar al shaykh su sorpresa por el hecho de que la misericordia divina no hubiera descendido sobre él también, el shaykh gritó y dijo: “Así habría sido si yo lo hubiera pensado! “.

Un día estaba sentado junto al shaykh, se presentó un hombre con su hijo. Le saludó e indicó que hiciera lo mismo. Por aquella época, nuestro shaykh había perdido ya la vista. El hombre le dijo: “Oh, Sîdî, este es mi hijo, que se ha aprendido el Corán de memoria” Al oir esto, la actitud del shaykh cambió por completo, bajo la influencia de un estado espiritual (hâl). Entonces dijo al hombre: “Lo Eterno lleva consigo lo transitorio. Que el Corán nos guíe (yahfizhy) y nos proteja (yahfizhy), a nosotros y a tu hijo!”. Esta anécdota es un ejemplo de sus estados de Presencia espiritual (hudûr).

Era inquebrantable en el Din de Allah e irreprochable en todas las cosas. Siempre que iba a verle, me recibía con estas palabras: “Bienvenido sea un hijo filial, pues todos mis hijos han carecido de franqueza hacia mí y han renegado de mis favores, excepto tú que siempre los has recibido y que siempre te has mostrado agradecido por ellos. Allah no lo olvidará”.

En una ocasión le pregunté sobre los inicios de su vida espiritual. Me informó de que el sustento de su vida espiritual. Me informó de que el sustento de su familia para un año era de ocho medidas de higos y que cuando estaba en recogimiento espiritual, su mujer vociferaba contra él y le injuriaba, diciéndole que se moviera y que hiciera algo para satisfacer las necesidades de su familia. Estas reprimendas le turbaban y entonces se ponía a implorar: “Oh, Señor, estos asuntos se interponen entre Tú y yo, pues mi esposa se obstina en importunarme. Si quieres que permanezca en Tu compañía, librame de sus reproches, sino, dímelo”. Un día, Allah le llamó interiormente: “Oh, Ahmad, permanece en Mi compañía y ten por seguro que, antes de que el día termine, Yo te proporcionaré veinte medidas de higos, lo suficiente para dos años y medio”. Continuó su relato diciéndome que, en menos de una hora después, un hombre se presentó en su casa para ofrecerle una medida de higos. Allah le dijo que esa era la primera de las veinte medidas. Así, antes de la puesta de sol, dejaron veinte sacos en su casa. Su familia estaba gozosa y su mujer, satisfecha, le dio las gracias. El shaykh se entregaba mucho a la meditación y sus estados espirituales le proporcionaban mucha alegría y esperanza .

En el momento de mi última visita que Allah sea misericordioso con él! estaba con mis compañeros. Cuando entramos en su casa, estaba sentado; uno de nosotros tenía la intención de hacerle una pregunta pero, nada más entrar, levantó la cabeza y dijo: “Examinemos un problema que ya te he expuesto, Abü Bakr (se refería a mí), pues siempre me ha sorprendido esa palabra de Abü al-’Abbâs b. al-’Arîf : “...hasta que se extinga lo que no ha sido y permanezca lo que nunca ha dejado de ser .Todos sabemos que lo que nunca existió se extingue (fâna) y que persiste (bâqa) lo que nunca ha dejado de existir; pero, ¿qué entendía él por eso? Como ninguno de mis compañeros estaba en condiciones de responderle, se dirigió a mí. Aunque era capaz de tratar este asunto, me quedé en silencio, evitando hablar de ello. El shaykh lo sabía y no repitió la pregunta .

Guardaba su ropa para dormir y no se turbaba durante las sesiones de samâ , pero cuando oía recitar el Corán, abandonaba todo recato y se ponía muy inquieto. Un día, estaba haciendo el salat de la mañana en su compañía, en casa de mi amigo Abú ‘Abdallâh Muham mad al-Khayyât , apodado el Almidonero (al-’Accád), y de su hermano Abâ al-’Abbâs Ahmad al-Harârî el imân recitó la surata “El Anuncio” (an-Nabâ) Cuando llegó el versículo: “¿No hemos dispuesto la tierra como un lecho y las montañas como pilares ?”, me distraje del relato del imán y ya no escuché nada más. Interiormente vi a nuestro shaykh Abû Ja’far que decía: “El mundo es el lecho y los creyentes son los pilares, los creyentes son el lecho y los cognoscentes los pilares, los cognoscentes son el lecho y los profetas los pilares, los profetas son el lecho y los enviados son los pilares ….” Enumeró otras verdades espirituales (haqâ’ iq) y después mi atención se centró de nuevo en la salmodia del imán, que recitaba: “...y ha dicho la verdad. Es el día de la Verda”. Después del salat, le pregunté sobre lo que había visto y me di cuenta de que sus pensamientos respecto a ese versículo habían sido idénticos a los que había oído expresar en mi visión.

Un día, un hombre armado con un cuchillo se abalanzó sobre él con la intención de matarlo. El shaykh ofreció tranquilamente su cuello. Sus discípulos quisieron dominarlo, pero les dijo que le dejaran hacer lo que había venido a hacer. No había hecho más que levantar el cuchillo para degollarlo, cuando Allah hizo girar el arma en la mano del hombre, quien se asustó y la arrojó al suelo. Luego se derrumbó a los pies del shaykh, lleno de remordimientos.
Si no fuera por falta de espacio, habría relatado otras muchas cosas admirables sobre este shaykh, sobre sus sentencias alusivas y sobre las charlas que tuvimos respecto a temas espirituales.

 Este shaykh se volvió hacia Allah asistiendo a las sesiones (majlis) del shaykh Abû ‘Abdallâh b. aI-Haw wâc al que conocí y con el que trabé una verdadera amistad; no hablaré de él porque no entra en la categoría de las personas consideradas en esta obra.

Al-’Uryanî era conocido por practicar el dhikr, tanto en estado de vigilia como de sueño; yo mismo observé cómo se movía su lengua en la invocación mientras estaba dormido. Sus estados espirituales eran intensos y las gentes del lugar estaban tan mal avenidas con él que uno de los notables de la comunidad llegó a hacerle desterrar. Así fue como llegó a nuestra casa en Sevilla.
A raíz de su acción, Allah envió a las gentes del lugar un jinn, llamado Khalaf, quien penetró en la casa del notable en cuestión y lo expulsó de ella a la fuerza. Ese jinn se quedó y llamó a las gentes del lugar. Después de llegar a la casa, oyeron cómo le preguntaba a uno de ellos si había desaparecido algo de su casa y si sospechaba de quién lo había cogido. Al contestar el hombre afirmativamente a las dos preguntas, el jinn le dijo que sus sospechas no tenían fundamento y que el nombre del verdadero culpable era Fulano, el cual se había quedado prendado de su mujer y había cometido adulterio con ella. El jinn le ordenó que fuera a asegurarse en persona, y pudo comprobar que todo lo que le había dicho era cierto. Continuó de esta forma descubriéndoles, igual que a sus hijos, los males y vicios ocultos, hasta que quedaron reducidos a la desesperación. Cuando le suplicaron que les dejara en paz, les contestó que había sido ‘Abdallâh (al-’Uryanî) quien les había impuesto su presencia. Se quedó entre ellos durante seis meses. Después fueron a buscar al al ‘Uryanî y le suplicaron que regresara a su ciudad, implorando su perdón por lo que le habían hecho. El shaykh reconsideró la decisión y se marchó con ellos para librarlos del jinn. El hecho se hizo célebre en toda Sevilla.
Un día que yo estaba con él, pidió algo para beber.
Uno de sus discípulos se levantó y le trajo, en una bandeja de cobre, una jarra con un tapón de cobre. Cuando bebió, exclamó: “No deseo beber lo que está contenido entre dos cosas maléficas. Le llevó otra jarra. Allah hacía de cada cosa que le comunicaban sus sentidos un medio de enseñar alguna sabiduría.

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1 Cf. Futûhât, I, pág. 186; II, pág. 177; III, pág. 539, donde aparece como Abû al-’Abbâs. En la Durrah, le llaman ‘Abdalláh. (Cf. Etudes Traditionnelles, 1962, pág. 169 y nl 12. Para referimos a esta revista, emplearemos en lo sucesivo la abreviatura E.T.).
2 Llegó a Sevilla seguramente antes del 580/1184. Cf. Futûhâr, 11, pág. 425.
3 Recuerdo e invocación del nombre de Alá.
4 Los khawâtir son “palabras que vienen súbitamente y de forma no deliberada al pensamiento” (cf. E.T., 1962, pág. 167 y n[ 5). Sobre la himmah “energía espiritual” o “aspiración concentrativa”, cf. Futûhât cap. 229 y E.T.. 1961, pág. 89, n 28. Jurjânî en sus Ta’rîfât, la define como “la orientación y la resolución del corazón que concentra todas sus energías espirituales hacia lo Verdadero (al-Haqq) para alcanzar la perfección, ya sea para él mismo o para otros” (trad. J.L. Michon).
5 La qiblah es la dirección de la Meca. Condición necesaria para la plegaria ritual (calah); se recomienda, además, para cualquier obra de adoración, de invocación (dhikr) o de lectura del Corán (cif, infra, pág. 127), pues esta orientación espiritual representa simbólicamente la dirección de la intención (miyyah); cf. R. Guénon, Le Roy du Monde, cap. VIII y Le Symbolisme de la Croix, cap. VIII.
6 Hacia mediados del siglo XII, el poder musulmán se extendía un poco más allá de Andalucía, que sufría constantes incursiones de bandas cristianas procedentes del norte.
7 En la versión más detallada de esta historia en la Durrah, sus compañeros de viaje y él cayeron en una emboscada apenas a tres kilómetros de su ciudad natal, al venir de Sevilla. También se dice en ella que permaneció preso seis meses.
 [8] Al-Qacr al-Kabîr. Cf. Archives Marocaines, II, 2 pág. 19.

9 Sobre este rito en el que se pide la lluvia, ver Bukhârî, Cahîh abwâb al-Istisqâ y la Risâlah de al-Qayrawânâ, Argel, 1968, pág. 103. Cf. también en Legey, Essai de folklore marocain, 1926, pág. 27.

10 Esta historia también se relata en la Durrah. En esta versión, al-‘Uryanì recibe de Alá la orden de no entrar en la fortaleza y es el propio Ibn ‘Arabi el que le pregunta al shaykh por qué la lluvia no le ha caído a él. Cf. Esad Ef. 1777, f. 93 b. La lluvia se asimila al descenso de las influenciascelestes; no obstante, al no haber considerado más que el alivio de los habitantes de la fortaleza, afectados por la sequía, al-’Uryani no se había mencionado seguramente en su oración y por ello no había podido aprovecharse de esa modalidad de la misericordia divina.

11 Al decir al shaykh que su hijo es “de los que llevan el Corán (en su memoria)” (Min humalati-l-qur’ân que es hafizh al-qur’án, el hombre emplea dos expresiones que sirven normalmente para designar a quienes se han aprendido el Corán de memoria. La frase contiene así los verbos hamala, llevar, y hafizha, guardar (en la memoria), preservar, proteger.
 
12 El parentesco es de índole espiritual aquí. La célebre Fâtimah de Córdoba dijo un día a la madre de Ibn ‘Arabi que éste era, espiritualmente, su padre.
 
13 El autor explica aquí que cada saco de higos pesaba cien rotl, y cada rotl equivale aproximadamente a una libra.

14 El estado espiritual (hâl) es la acción temporal de la gracia espiritual concedida al Sufí según su condición y su inspiración.

15 Este célebre Sufí andaluz es el autor de Mahâsin al-majâlis, traducido y editado por Asin Palacios.

16 Esta frase se encuentra en la obra anteriormente citada, ver pág60 y n[ 55, texto árabe, pág. 97

17 Ibn ‘Arabî volverá sobre ello en su Livre de l’Exiinction dans la Contemplation, traducido por M. Vâlsan; cif. E.T., 1961, pág. 39.
 
18 El perfecto dominio que normalmente tenía de todos sus estados, tanto de sueño como de vigilia, le protegían de cualquier mancha indeseada, pero la efusión de gracia que comporto el “embargo” del Corán, le sumergía sin que pudiera controlarla.

19 La audición, como principio general, es el despertar de los estados espirituales por la fuerza interior de un sonido exterior. De forma más específica, el samâ’ consiste en escuchar música o poesía para provocar díchos estados, como se practica en algunas hermandades sufíes. Cf. Hujqîrî, Kashf al-mahjûb, pág. 393 Ss.

20 Cf. infra, pág. 61.

21 Cf. infra, pág. 67.

22 El que preside la oración hecha en común.

23 El Corán, LXXVIII.

24 Versículo 6.

25 Estas meditaciones sobre los versículos coránicos expresan una concepción jerárquica del universo. “Todo enviado (rasûl) es profeta (nabî) por su grado de inspiración: con todo, no es “enviado” más que el profeta que promulgo una nueva ley sagrada” (nota de T. Burckhardt en su traducción de la Sagesse des Prophetes de Ibn ‘Arabî, 1955, pág. 46).

26 El Corán. LXXVIII, 38-9.
 
27 Esad Ef. 1777, f. 91 b.
28 Procedía de ‘U1ayâ ahora Lulé, cerca de Silves, en el Algarve.
29 Los jinns son seres de naturaleza sutil y pueden ser bien intencionados hacia los hombres u hostiles.

30 La palabra para designar el “cobre”, nuhâs, viene de la raíz nahisa, que significa ser siniestro o de mal agüero, traer desgracia. Los dos planetas maléficos en astrología, Marte y Saturno, se llaman an-Nahisân.